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miércoles, 8 de abril de 2026

LOS FORJADORES DE LA CUENCA MINERA DE EUSKADI.

LOS FORJARDORES DE LA CUENCA MINERA VASCA. 

Mi familia no llegó a la cuenca minera de Vizcaya de paso ni por casualidad. Llegó para quedarse, para trabajar y para levantar, con sus manos, una parte esencial de lo que hoy es Euskadi.

Por los cuatro costados, mis bisabuelos se asentaron en la zona minera: los Valcárcel, procedentes del Bierzo Tejedo de los Ancares, León; los Cabrejas, de Zazuar, en Burgos; y los Domínguez, de Ourense. Todos ellos, desde distintos puntos de España, confluyeron en un mismo destino: las minas de hierro de Vizcaya.

No fue una coincidencia, fue un movimiento de vida. Dejaron atrás tierras, viñas y raíces para buscar un futuro en lugares como Ortuella, La Arboleda y Galdames.

Allí no encontraron comodidad, sino dureza. Trabajo de barrenero, perforando la roca y manejando explosivos; jornadas interminables entre polvo, humedad y riesgo constante. De ese esfuerzo salió el ascenso: mi abuelo Cándido Valcárcel llegó a ser capataz de mina, lo que demuestra no solo resistencia, sino capacidad, respeto y liderazgo entre los suyos.

No vivieron en barracones de paso, no fueron mineros temporeros. Tuvieron casa. En La Arboleda, en calles como Mamerto Allende, crecieron generaciones. Casas sencillas, compartidas, con escaleras exteriores, donde varias familias convivían, trabajaban y seguían adelante. Allí nacieron hijos, como María la hermana de mi abuela, antes de que la enfermedad se llevara a su padre con apenas cuarenta años, víctima de una neumonía fibrinosa, tan común y tan mortal en aquel entorno. Alexander Fleming aún no había cristalizado la “Penicillinum nostrum": ( la utilizaban los monjes del Monasterio de Guadalupe, Cáceres para tratar el mal francés de bubas, la sífilis, ciento de años antes). Por lo cual le concedieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1945. En 1941 se realizó el primer tratamiento exitoso en humanos (un policía británico con infección grave).
Por tanto a mí bisabuelo Alejo Cabrejas y millones de personas le quedó muy lejos el tratamiento con penicilina y que tanta vida ha salvado y salva. 

Otros miembros de la familia trabajaron en el ferrocarril minero, como engrasadores de vagones y trenes, manteniendo en funcionamiento la maquinaria que transportaba el hierro hacia la ría y los cargaderos. Todos formaban parte de un mismo sistema: extracción, transporte, industria.

Esa fue la realidad. No un relato ideológico, sino una vida concreta: esfuerzo, riesgo, familia y arraigo.

Por eso, cuando alguien pretende reducir esa historia a etiquetas o palabras despectivas, se equivoca. La verdad es más fuerte: familias como la mía no fueron ajenas a esta tierra. Fueron parte de su construcción.

No desde los despachos, sino desde la roca, el hierro y el sudor.

Y esa memoria permanece. No somos MAKETOS.

Antonio Valcarcel