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martes, 16 de diciembre de 2025

Yo, Y LA JINETERA

YO, Y LA JINETERA

La tierra que se abre: memoria, sueño y cimiento
Tenía entre doce y quince años cuando aquel sueño comenzó a repetirse. Yo corría. No caminaba: corría. Y, a medida que mis pies golpeaban el suelo, la tierra se levantaba, se abría, y de ella emergían los muertos. No tenían nombre ni rostro preciso, pero su presencia era inequívoca. El terror era tan intenso que siempre despertaba antes de poder detenerme.
Durante años pensé que aquel sueño era solo eso: una imagen infantil, una pesadilla sin más. Sin embargo, con el paso del tiempo comprendí que no había desaparecido; simplemente había quedado en suspenso, aguardando una forma.
Muchos años después, cuando comencé a investigar mi genealogía familiar, el sueño regresó, pero transformado. Ya no corría. Me sentaba durante horas ante libros parroquiales, actas amarillentas, nombres escritos con tinta antigua. Y lo que antes me producía terror empezó a darme paz. Encontrar un nombre, un apellido, una fecha, era como devolver consistencia a algo que había permanecido flotando en la nada. Aquello que emergía sin forma en el sueño ahora encontraba lugar.
Recuerdo con especial claridad una visita a la iglesia de San Pedro de Gabín. Llevaba conmigo un permiso del obispado que me autorizaba a consultar los libros y extraer información para mi árbol familiar. El sacerdote, Juan Conde Conde —recuerdo bien sus dos apellidos—, me acompañó hasta el templo y abrió la puerta. Dentro, las losas de piedra eran grandes, profundas, pesadas. Observándolas, le dije que, según los datos que había podido contrastar, en alguna de aquellas losas próximas al altar mayor reposaba mi tercer abuelo. El sacerdote me respondió que no tenía constancia, pues llevaba pocos años destinado allí, pero que probablemente tuviera razón.
Salimos al exterior para recorrer el perímetro de la iglesia. Aquello había sido un antiguo cementerio. Las tumbas estaban deterioradas, descuidadas, y el suelo, al pisarlo, cedía ligeramente y chirriaba. Entonces, de manera casi instintiva, empujé la tierra con el pie derecho, como quien golpea suavemente un balón. De inmediato salieron fragmentos de hueso.
Sentí una corriente que me recorrió desde el suelo hasta la cabeza, como una descarga silenciosa. No fue miedo. Fue conciencia. En el sueño, los muertos se levantaban al paso de mi carrera; allí, en Gabín, era yo quien estaba de pie sobre ellos. Ya no emergían para perseguirme. Eran ellos quienes sostenían el suelo que pisaba.
Aquel episodio se enlazó más tarde con una conversación mantenida en La Habana. Un familiar me habló de seis pastillas de jabón enterradas en el cementerio judío, objetos asociados simbólicamente al Holocausto, sepultados porque no había cuerpos que enterrar. No importaba tanto la certeza material como el gesto humano: dar sepultura a lo que había sido despojado incluso de la condición de cuerpo.
Comprendí entonces que el hilo que atravesaba el sueño, la genealogía, Gabín y La Habana no era la muerte, sino la fragilidad de lo humano. Lo efímeros que somos y, al mismo tiempo, la necesidad profunda de cimentar esa fragilidad, de darle base, peso y continuidad. No para glorificar el pasado, sino para que lo humano no se disuelva sin dejar rastro.
El sueño no anunciaba un destino. Revelaba una tarea. Donde antes había tierra que se abría y terror, hoy hay nombres, lugares y memoria. Ya no corro. Camino. Y, al hacerlo, la tierra no se levanta: sostiene.

Autor: Antonio Valcárcel Domínguez

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