Conversación con Yadira
Hablando con Yadira sobre el Che Guevara, le comentaba si realmente había sido el ideólogo y apóstol —entre comillas— de la verdad de la Revolución. Le recordé que, después de Cuba, el Che buscó extender su apostolado político en Bolivia y en algunos países de África, llevando consigo su idea de un pseudo-comunismo revolucionario.
Entonces le dije:
—Mira, Yadira, yo en el País Vasco he tenido que vivir con escolta. Salir a la calle con dos escoltas, un vehículo asignado y hasta un inhibidor de explosivos. Vivir allí era como vivir en el Ulster de Irlanda del Norte, o incluso peor. Allí se señala a la gente políticamente, se la marca como en una diana, y muchas veces terminan intentando matarla. Y desgraciadamente, en demasiadas ocasiones lo consiguen.
Recuerdo una vez, uno de mis escoltas, Gustavo, un buen muchacho pero nervioso, iba muy obsesionado con hacer bien su trabajo. Una furgoneta nos adelantó bruscamente y casi nos echó a la cuneta. Gustavo pensó que era un atentado. Paró el coche, gritó a su compañero “¡para, para!”, y sacó el arma. Tuve que decirle:
—Por favor, Gustavo, no dispares, déjalo estar.
Se volvió a meter en el coche, abatido, y me dijo:
—Ya estoy harto. No se puede vivir así, con esta persecución.
Yo, que conocía algo de psicología, vi que Gustavo ya estaba tocado. Mostraba un estrés enorme, casi postraumático, con ansiedad, y sé que tomaba ansiolíticos. Sin embargo, nunca quise dar parte para que lo recusaran. Sabía que era un gran profesional y, sobre todo, una buena persona.
Y terminé diciéndole a Yadira:
—Al final, en todos los sitios cuecen habas. En unos lugares lo llaman comunismo, en otros democracia; pero en ambos existen sectores que pueden volverse terroríficos, que practican la violencia para imponer sus ideas. Y eso sí puede ser un genocidio: señalar a quien no comparte un ideario político, nacer de ideologías nacionalistas con bases xenófobas y racistas, y perseguir hasta la muerte a los diferentes.
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