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domingo, 14 de septiembre de 2025

En el Museo del Che Guevara en Santa Clara.

Junia me hablaba en voz baja, casi con rabia contenida, de aquel paraíso escondido en Holguín.—Cayo Saetía —decía—, eso era de ellos, de los de arriba. Allí tenían cebras y búfalos traídos de África, Antonio, ¿te lo imaginas? Mientras nosotros hacíamos colas de tres horas para conseguir un pan duro, ellos cazaban animales exóticos en su propio safari caribeño. Era el paraíso de los Castro, y nosotros ni podíamos mirarlo de lejos.La escuché en silencio, y al cabo de un rato le respondí:—Junia, al final me temo que Ernesto Che Guevara fue un idealista hasta el último aliento. Murió en Bolivia tratando de hacer apostolado de su fe política, como un mártir de sus propias ideas. Cayó en La Higuera, rodeado, sin más defensa que su convicción. Y, fíjate, incluso hoy hay bolivianos que acuden allí a venerarlo, como si fuera un santo laico.Junia me miró con una mezcla de ironía y ternura.—Quizá fue sincero, Antonio, pero no todos aquí vivieron esa sinceridad. El Che murió en la sierra, sí, con sus sueños intactos. Pero los que se quedaron, los que heredaron el poder, hicieron su propio Cayo Saetía. Eso no es idealismo, eso es privilegio.

Conversación con Yadira
Hablando con Yadira sobre el Che Guevara, le comentaba si realmente había sido el ideólogo y apóstol —entre comillas— de la verdad de la Revolución. Le recordé que, después de Cuba, el Che buscó extender su apostolado político en Bolivia y en algunos países de África, llevando consigo su idea de un pseudo-comunismo revolucionario.

Entonces le dije:
—Mira, Yadira, yo en el País Vasco he tenido que vivir con escolta. Salir a la calle con dos escoltas, un vehículo asignado y hasta un inhibidor de explosivos. Vivir allí era como vivir en el Ulster de Irlanda del Norte, o incluso peor. Allí se señala a la gente políticamente, se la marca como en una diana, y muchas veces terminan intentando matarla. Y desgraciadamente, en demasiadas ocasiones lo consiguen.

Recuerdo una vez, uno de mis escoltas, Gustavo, un buen muchacho pero nervioso, iba muy obsesionado con hacer bien su trabajo. Una furgoneta nos adelantó bruscamente y casi nos echó a la cuneta. Gustavo pensó que era un atentado. Paró el coche, gritó a su compañero “¡para, para!”, y sacó el arma. Tuve que decirle:
—Por favor, Gustavo, no dispares, déjalo estar.

Se volvió a meter en el coche, abatido, y me dijo:
—Ya estoy harto. No se puede vivir así, con esta persecución.

Yo, que conocía algo de psicología, vi que Gustavo ya estaba tocado. Mostraba un estrés enorme, casi postraumático, con ansiedad, y sé que tomaba ansiolíticos. Sin embargo, nunca quise dar parte para que lo recusaran. Sabía que era un gran profesional y, sobre todo, una buena persona.

Y terminé diciéndole a Yadira:
—Al final, en todos los sitios cuecen habas. En unos lugares lo llaman comunismo, en otros democracia; pero en ambos existen sectores que pueden volverse terroríficos, que practican la violencia para imponer sus ideas. Y eso sí puede ser un genocidio: señalar a quien no comparte un ideario político, nacer de ideologías nacionalistas con bases xenófobas y racistas, y perseguir hasta la muerte a los diferentes.


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