¡Guita ETA!
Guita era una perra pastor alemán adiestrado con sus documentación en La Guardia civil con un número operativo.
En mis años destinado en el polvorín de Zaragoza, en la zona del Burgo de Ebro, la sombra de ETA estaba siempre presente. Aquel era un lugar sensible: toneladas de explosivos de todo tipo descansaban en los almacenes, y todos sabíamos que, de caer en manos equivocadas, el desastre sería incalculable.
Yo trabajaba codo con codo con la Guardia Civil. Ellos, siempre en alerta, vivían el día a día con una disciplina férrea y una normativa rigurosa. Entre los compañeros de servicio había uno muy especial: Gita, una perra pastor alemán adiestrada en detección de explosivos. Tenía incluso su número operativo, como un agente más.
Rafael, su adiestrador y guardia civil especialista, solía bromear llamándola “Guita ETA” señalandome ya que soy Vasco. Guita mordía mis botas militares con verdadera rabia, y juro que llegaba a perforarme con sus colmillos la suela de mis botas. Y era pronunciar esas palabras y la perra se transformaba: corría inquieta, olfateaba cada rincón, se lanzaba hacia los almacenes como si supiera que allí estaba el peligro. La inteligencia de aquel animal era asombrosa; parecía entenderlo todo, como si llevara dentro el instinto de protegernos.
Yo era joven entonces. Mi hijo apenas tenía un año y medio, y más de una vez, al terminar la jornada, pensaba en los riesgos. No solo el de un ataque terrorista, sino también los accidentes fortuitos: una chispa, un fallo humano, un imprevisto podía bastar para que todo volara por los aires.
Por eso, cada vez que entraban los camiones, la atención era máxima. Obligábamos a colocarles apagachispas en los tubos de escape. Una simple chispa al arrancar podía convertir aquella rutina en un infierno. La tensión era parte de nuestro pan de cada día.
Mirando atrás, me impresiona recordar cómo la juventud me daba cierta inconsciencia: vivía con precaución, sí, pero también con esa ligereza de los veinte y tantos. Hoy lo veo distinto: aquel trabajo no solo era arriesgado, era también un ejercicio de confianza. Confiábamos en los protocolos, en los compañeros… y en Gita, la perra que parecía tener más olfato e intuición que muchos humanos.
Antonio Valcárcel
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